lunes, 16 de octubre de 2017

El olvido de la Felicidad

Hace poco comencé a leer un libro escrito por el siempre recomendable Carlos García Gual. Éste se intitulaba Epicuro, el libertador. En él este conocido escritor da a conocer con claridad y enorme sencillez los detalles que envolvieron la vida del filósofo natural de Samos, así como los puntos centrales de su enseñanza, acercando de manera muy acertada nuestro tiempo a la época helenística en la que a este gran pensador le tocó vivir.
Este libro, en su completud, despertaba mi asombro, curiosidad y admiración. Cada una de las palabras del mismo llegaban directamente a mi mente reviviendo ideas que la rondaban antaño y que creía ya extintas. En cierta página el propio García Gual afirmaba que Epicuro representaba con total fidelidad el papel de sabio y que ensalzaba por encima de todo las inquietudes y los valores existentes en el período helenístico. Según dicho autor el gerente del conocido Kipos estaba enormemente preocupado por la consecución de la felicidad y desarrolló todo un sistema ético-ontológico con el fin puesto en la consecución de dicha meta, la cual él entendía de una manera muy concreta. Para el pensador nacido en Samos la felicidad no era más que la consecución del placer, pero no de cualquiera, sino del bienestar consistente en la ausencia del dolor y el autocontrol, en vivir una vida sin demasiadas emociones evitando constantemente el sufrimiento y buscando la satisfacción casual de pequeños placeres.
Hasta aquí nada sería excesivamente llamativo, pues Epicuro, como casi cualquier pensador y filósofo, estaba ligado a su tiempo y era esclavo del mismo. Lo importante es que el sistema físico-ontológico que desarrolló servía como justificación y base de su pretensión por incitar a todos los seres humanos a alcanzar la felicidad, es decir, era el cimiento sobre el que podía apoyar todo el entramado ético que desarrolló a lo largo de su vida, que incluye, sobre todo, reflexiones y consejos. Esto implica que a Epicuro lo que realmente le importaba era ser feliz y ayudar a los demás a serlo, considerando el conocimiento natural y físico como una disciplina de segundo rango que sólo es útil si ayuda a conseguir la plenitud del individuo.
Hoy parece que nos hemos olvidado del sabio samio, así como de otros tantos importantes pensadores de épocas no excesivamente lejanas a la suya como Séneca, Epicteto o Lucrecio. Parece que se ha perdido completamente la figura del pensador que liga todo completamente a la consecución de la plenitud y la felicidad, y nos hemos conformado con especializarnos en pequeñas parcelas del saber perdidos totalmente en un océano de vastísimas proporciones que se corresponde con el mundo que nos rodea y del que, a su vez, formamos parte. Estamos tan especializados en un ámbito concreto tratando de profundizar todo lo posible en el mismo que no somos capaces de fijarnos con detalle en otras parcelas del mundo que nos rodea, olvidándonos por completo de los motivos que nos llevan a realizar dicha tarea y cayendo, en gran cantidad de ocasiones, en una vida infeliz que tratamos de maquillar con la satisfacción de pequeños y fugaces placeres, todo lo contrario de lo que Epicuro proponía, pues situaba la consecución de la ataraxia por encima de cualquier otra cosa, mostrando que no hay mayor placer que el bien-estar o el bien-sentir.


 
Se ha perdido, pues, en cierto modo la finalidad del proceso de investigación y reflexión, puesto que la mayor parte de las teorías, explicaciones y análisis que se llevan a cabo no están dirigidos/as para servir como sustrato para optar a la consecución de la felicidad, sino que se les da valor por ellas mismas, estableciendo así una desconexión entre la investigación y la ámbito moral, perdiendo así la gracia, la sal de la que Cristo hablaba y el sentido de la vida en un mundo que, probablemente, sea completamente caótico: perdiendo, pues, el norte, sin saber cómo afrontar las situaciones que se nos presentan ni cómo vivir.
Dicho esto, parece que Calvino, Lutero y buena parte de los cambios desarrollados en el período de Reforma que se llevó a cabo en el seno de la Iglesia a partir del siglo XVI tienen parte de culpa, pues incidían en que el ser humano, a pesar de ser obra de Dios, era insignificante comparado con Él, y que su destino estaba marcado por lo que el Señor decidiese, no por su propia voluntad, quedándole únicamente el trabajo para así entretenerse maquillando y soportando la incertidumbre que le depara el capricho divino. Trabajar por trabajar, pues, para pasar por aquí sintiendo las menores inquietudes posibles y esperando que Dios tenga la benevolencia de escogerlo para lograr la felicidad eterna luego de morir.
Ante todo, y vinculado con mi anterior entrada (“El mundo ha perdido la fe”: http://rincondeprometeo.blogspot.com.es/2017/10/el-mundo-ha-perdido-la-fe.html) en la que mostraba la cantidad de incertidumbre que nos rodea hoy por hoy y las consecuencias negativas que tiene dicha situación sobre nuestras vidas, considero de extrema urgencia recuperar las enseñanzas de estos sabios y ligar la actividad científica, literaria y filosófica, así como laboral y vital, con la persecución progresiva de la felicidad y el intento de alcanzar la misma.

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