lunes, 9 de octubre de 2017

El mundo ha perdido la fe




Parecía, hace aproximadamente cinco siglos, que el género humano podría alcanzar la plenitud algún día y desarrollarse de forma plena. Los avances que se producían en diversas áreas científicas, así como las especulaciones sobre el futuro avance de las mismas, parecían librar al ser humano de todos sus males, o al menos abrir dicha posibilidad en un futuro no muy lejano.

Hoy, ya en el siglo XXI, la situación, aunque no alarmante, tiene poco que ver con la promesa que se nos presentaba o abría antaño. A pesar de la gran cantidad de ventajas con las que vivimos, las cuales nos permiten a muchos desarrollarnos con comodidad, al menos materialmente, no parece, ni mucho menos, que nos hayamos hecho con la fórmula para solventar nuestros más profundos problemas. Aunque muchos vivimos bajo un techo, comemos varias veces todos los días, gozamos de un cómodo acceso al agua potable, contamos con la garantía de ser educados y nos son reconocidos una gran cantidad de derechos, la verdad, es que no estamos ni cerca de librarnos de todos nuestros males, pues estos continúan golpeando con fuerza.

Gran cantidad de personas no gozan de las ventajas a las que antes he hecho mención, y estas mueren con más pena que gloria por desnutrición, deshidratación y diversas enfermedades causadas, en su mayoría, por falta de higiene. He aquí, pues, una prueba de que el ser humano no se ha librado de todos sus males, y es que parece que el avance que se produce de la mano de diferentes disciplinas no tiene impacto alguno en la mayor parte de la población humana.

Ahora bien, los hombres y mujeres con acceso a lo comentado en el segundo párrafo tienen igualmente una cantidad enorme de problemas. La mayoría, sino todos, presos de un sistema monetarista, aunque con maquillajes humanitarios, están sujetos como las agujas de un reloj y giran sin cesar por la fuerza que ese sistema tan complejo -el reloj- ejerce sobre ellos, es decir, que actúan continuamente forzados por el sistema en el que les ha tocado vivir, el cual, parece insustituible dada la complejidad que ha adquirido a lo largo de los siglos, quizá como escudo para no ser sustituido por otro, pues al crear un complejo con tantas piezas y relaciones entre las mismas crea también dependencias entre los seres humanos, las cuales, aunque teóricamente podrían desaparecer, en la práctica no, sino que deberían sustituirse, ya que sus vidas se verían negativamente afectadas.

Esta situación se ve agravada porque dichas personas parecen no tener la capacidad de marcarse objetivos fijos, ni tampoco paciencia para luchar dentro de un proceso largo y costoso para conseguirlo, sino que lo que buscan alcanzar pretenden obtenerlo de forma rápida y poco trabajada. Al chocarse de bruces con la realidad y darse cuenta de que conseguir cualquier cosa en la vida implica un esfuerzo importante, caen en un sentimiento de frustración, así como de inestabilidad, pues cuando creen que una cosa concreta se puede conseguir fácilmente, rápido se percatan de que no es posible, y que los grandes objetivos han de labrarse con sudor y esfuerzo, con yihad, como diría un auténtico musulmán.

Por otra parte, el sistema es cambiante, pues aunque el mercado es la piedra angular del mismo, este mismo está en constante movimiento, pues dependiendo del período y las circunstancias los productos y servicios a mercadear cambian, así como el perfil de los profesionales especializados en dichos bienes y prestaciones, los cuales, aunque estén altamente cualificados en un área concreta, serán apartados del mercado laboral en cuanto las circunstancias lleven a ello. Son, pues, reemplazados como los tornillos viejos de una mesa. Esto genera una enorme incertidumbre y ansiedad en dichas personas, pues al ser conscientes de que viven en un sistema caprichoso, dinámico y cambiante no son capaces de imaginar qué les depararán sus vidas en un no muy largo período de tiempo.

Se junta, pues, la frustración, la ansiedad, la inestabilidad emocional y la incertidumbre, lo que hace que retome lo dicho en los primeros párrafos, a saber: que el ser humano no se ha librado de sus males en absoluto. A este aspecto se juntan otros tres también de vital importancia: el moral, el científico y el religioso.


Con respecto al primero de estos factores, el moral, cabe señalar que dada la situación cambiante a la que estamos sometidos no sabemos cómo tratar a los demás, pues el que hoy está en la cima de la cadena de compra y venta mañana podría estar en el puesto más bajo de la misma. Esto implica que, en muchas ocasiones, los individuos, aun a su pesar y sin quererlo realmente, traten extremadamente bien a los demás en ciertas ocasiones para que estos en el momento en el que necesiten algo los primeros se acuerden del buen trato recibido. Por otro lado, existe otra actitud moral muy presente que parece entrar en contradicción con la previamente expuesta y causarle al sujeto ciertos dilemas. Muchos se preocupan exclusivamente por alcanzar su estabilidad y tratan siempre a los demás como medios u objetos para la consecución de dicho fin, sin importarles en absoluto su situación, sus sentimientos, etc.

En relación al factor científico el problema es el que sigue: la ciencia se fundamenta en la creencia en que el ser humano puede conocer y explicar el mundo que le rodea a partir, sobre todo, de la recopilación de evidencias sensoriales. Pero, cabe destacar que, aunque la ciencia es una de las disciplinas más excelsas, beneficiosas y productivas que el género humano ha parido, sino la más, sus explicaciones no son absolutas, sino parciales y falibles, como bien se ha hecho ver durante, sobre todo, el siglo XX, de la mano de las reflexiones y el trabajo de científicos y filósofos de renombre, como Neuräth, Popper, Einstein, Kuhn, etc. Algo que puede iluminar ahora esta situación adecuadamente es la metáfora del primero de estos, según la cual la ciencia es un barco que se va reparando y perfeccionando a la vez que va navegando. Si la ciencia se repara es porque no funciona al 100 % y porque no es capaz de explicar todo con suma certeza, lo que genera, al fin y al cabo, una sensación de inseguridad con respecto a lo que se conoce y se puede conocer, que remite, a su vez, a la pregunta por excelencia para el científico: ¿cómo funciona el mundo?

Tocando ya el último factor, el religioso, cabe distinguir lo siguiente: la religión, como bien sabemos todos, se constituye como un sistema de orientación que, a su vez, se fundamenta en una serie de creencias o dogmas, los cuales, tratan de dar una explicación total del funcionamiento del mundo, del origen del mismo y de la relación con él, aunque, obviamente, carecen del carácter preciso y riguroso de las explicaciones científicas. Hoy, dada la influencia y la importancia de la ciencia, así como la capacidad de la que disponemos en gran cantidad de ocasiones para vivir bien, la religión ha perdido mucha fuerza y adeptos. Ya sea por lo anterior, como también por ser considerada una suerte de fantasías y dogmas sin fundamento entrelazados, y por introducirnos en paradojas y aporías de muy compleja solución. Y es que las religiones, al menos las más conocidas, no se adecuan al mundo en el que vivimos, pues permanecen estáticas y rígidas, atrapadas en unas fórmulas que no les permiten actualizarse, lo que, a su vez, les quita toda la capacidad para orientar, y provoca que las mismas sirvan exclusivamente para hacer las cosas más complicadas, lo que parece un auténtico suicidio. Para cualquier religión es necesario, pues, cambiar, lo que permitirá que pueda servir de guía y de orientación para la vida de muchas personas, si es que estas optan por la opción religiosa. Y una de las formas de cambiar es dejar de criticar y atacar a la ciencia, sirviéndose de ella para pulir conceptos que en otro momento histórico eran presentados de forma diferente.

Ante el panorama, pues, ¿qué se puede esperar de nosotros?, ¿qué podemos hacer? Las claves, de las que hablaré con detalle en otro momento, así como mis compañeros de blog, son las siguientes: RIGIDEZ MORAL, LIBERTAD CIVILIZADA, ESFUERZO Y OBJETIVO/S COMÚN/ES.




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