Parecía, hace aproximadamente cinco siglos, que el género humano
podría alcanzar la plenitud algún día y desarrollarse de forma plena. Los
avances que se producían en diversas áreas científicas, así como las
especulaciones sobre el futuro avance de las mismas, parecían librar al ser
humano de todos sus males, o al menos abrir dicha posibilidad en un futuro no
muy lejano.
Hoy, ya en el siglo XXI, la situación, aunque no alarmante,
tiene poco que ver con la promesa que se nos presentaba o abría antaño. A pesar
de la gran cantidad de ventajas con las que vivimos, las cuales nos permiten a
muchos desarrollarnos con comodidad, al menos materialmente, no parece, ni
mucho menos, que nos hayamos hecho con la fórmula para solventar nuestros más
profundos problemas. Aunque muchos vivimos bajo un techo, comemos varias veces
todos los días, gozamos de un cómodo acceso al agua potable, contamos con la garantía de ser educados y nos son reconocidos una gran cantidad de derechos, la verdad, es
que no estamos ni cerca de librarnos de todos nuestros males, pues estos
continúan golpeando con fuerza.
Gran cantidad de personas no gozan de las ventajas a las que
antes he hecho mención, y estas mueren con más pena que gloria por
desnutrición, deshidratación y diversas enfermedades causadas, en su mayoría,
por falta de higiene. He aquí, pues, una prueba de que el ser humano no se ha
librado de todos sus males, y es que parece que el avance que se produce de la
mano de diferentes disciplinas no tiene impacto alguno en la mayor parte de la
población humana.
Ahora bien, los hombres y mujeres con acceso a lo comentado
en el segundo párrafo tienen igualmente una cantidad enorme de problemas. La
mayoría, sino todos, presos de un sistema monetarista, aunque con maquillajes
humanitarios, están sujetos como las agujas de un reloj y giran sin cesar por
la fuerza que ese sistema tan complejo -el reloj- ejerce sobre ellos, es decir,
que actúan continuamente forzados por el sistema en el que les ha tocado vivir,
el cual, parece insustituible dada la complejidad que ha adquirido a lo largo
de los siglos, quizá como escudo para no ser sustituido por otro, pues al crear
un complejo con tantas piezas y relaciones entre las mismas crea también
dependencias entre los seres humanos, las cuales, aunque teóricamente podrían
desaparecer, en la práctica no, sino que deberían sustituirse, ya que sus vidas
se verían negativamente afectadas.
Esta situación se ve agravada porque dichas personas parecen
no tener la capacidad de marcarse objetivos fijos, ni tampoco paciencia para
luchar dentro de un proceso largo y costoso para conseguirlo, sino que lo que
buscan alcanzar pretenden obtenerlo de forma rápida y poco trabajada. Al
chocarse de bruces con la realidad y darse cuenta de que conseguir cualquier
cosa en la vida implica un esfuerzo importante, caen en un sentimiento de
frustración, así como de inestabilidad, pues cuando creen que una cosa concreta
se puede conseguir fácilmente, rápido se percatan de que no es posible, y que
los grandes objetivos han de labrarse con sudor y esfuerzo, con yihad, como
diría un auténtico musulmán.
Por otra parte, el sistema es cambiante, pues aunque el
mercado es la piedra angular del mismo, este mismo está en constante
movimiento, pues dependiendo del período y las circunstancias los productos y
servicios a mercadear cambian, así como el perfil de los profesionales
especializados en dichos bienes y prestaciones, los cuales, aunque estén
altamente cualificados en un área concreta, serán apartados del mercado laboral
en cuanto las circunstancias lleven a ello. Son, pues, reemplazados como los
tornillos viejos de una mesa. Esto genera una enorme incertidumbre y ansiedad
en dichas personas, pues al ser conscientes de que viven en un sistema
caprichoso, dinámico y cambiante no son capaces de imaginar qué les depararán
sus vidas en un no muy largo período de tiempo.
Se junta, pues, la frustración, la ansiedad, la
inestabilidad emocional y la incertidumbre, lo que hace que retome lo dicho en
los primeros párrafos, a saber: que el ser humano no se ha librado de sus males
en absoluto. A este aspecto se juntan otros tres también de vital importancia:
el moral, el científico y el religioso.
Con respecto al primero de estos factores, el moral, cabe
señalar que dada la situación cambiante a la que estamos sometidos no sabemos
cómo tratar a los demás, pues el que hoy está en la cima de la cadena de
compra y venta mañana podría estar en el puesto más bajo de la misma. Esto
implica que, en muchas ocasiones, los individuos, aun a su pesar y sin quererlo
realmente, traten extremadamente bien a los demás en ciertas ocasiones para que
estos en el momento en el que necesiten algo los primeros se acuerden del buen
trato recibido. Por otro lado, existe otra actitud moral muy presente que
parece entrar en contradicción con la previamente expuesta y causarle al sujeto
ciertos dilemas. Muchos se preocupan exclusivamente por alcanzar su estabilidad
y tratan siempre a los demás como medios u objetos para la consecución de dicho
fin, sin importarles en absoluto su situación, sus sentimientos, etc.
En relación al factor científico el problema es el que
sigue: la ciencia se fundamenta en la creencia en que el ser humano puede
conocer y explicar el mundo que le rodea a partir, sobre todo, de la
recopilación de evidencias sensoriales. Pero, cabe destacar que, aunque la
ciencia es una de las disciplinas más excelsas, beneficiosas y productivas que
el género humano ha parido, sino la más, sus explicaciones no son absolutas,
sino parciales y falibles, como bien se ha hecho ver durante, sobre todo, el
siglo XX, de la mano de las reflexiones y el trabajo de científicos y filósofos
de renombre, como Neuräth, Popper, Einstein, Kuhn, etc. Algo que puede iluminar
ahora esta situación adecuadamente es la metáfora del primero de estos, según
la cual la ciencia es un barco que se va reparando y perfeccionando a la vez
que va navegando. Si la ciencia se repara es porque no funciona al 100 % y
porque no es capaz de explicar todo con suma certeza, lo que genera, al fin y
al cabo, una sensación de inseguridad con respecto a lo que se conoce y se
puede conocer, que remite, a su vez, a la pregunta por excelencia para el
científico: ¿cómo funciona el mundo?
Tocando ya el último factor, el religioso, cabe distinguir
lo siguiente: la religión, como bien sabemos todos, se constituye como un
sistema de orientación que, a su vez, se fundamenta en una serie de creencias o
dogmas, los cuales, tratan de dar una explicación total del funcionamiento del
mundo, del origen del mismo y de la relación con él, aunque, obviamente, carecen del carácter preciso y riguroso de las
explicaciones científicas. Hoy,
dada la influencia y la importancia de la ciencia, así como la capacidad de la
que disponemos en gran cantidad de ocasiones para vivir bien, la religión ha
perdido mucha fuerza y adeptos. Ya sea por lo anterior, como también por ser
considerada una suerte de fantasías y dogmas sin fundamento entrelazados, y por
introducirnos en paradojas y aporías de muy compleja solución. Y es que las
religiones, al menos las más conocidas, no se adecuan al mundo en el que
vivimos, pues permanecen estáticas y rígidas, atrapadas en unas fórmulas que no les permiten actualizarse, lo que, a su vez, les quita toda la capacidad para
orientar, y provoca que las mismas sirvan exclusivamente para hacer las cosas
más complicadas, lo que parece un auténtico suicidio. Para cualquier religión
es necesario, pues, cambiar, lo que permitirá que pueda servir de
guía y de orientación para la vida de muchas personas, si es que estas optan
por la opción religiosa. Y una de las formas de cambiar es dejar
de criticar y atacar a la ciencia, sirviéndose de ella para pulir conceptos que
en otro momento histórico eran presentados de forma diferente.
Ante el panorama, pues, ¿qué se puede esperar de nosotros?,
¿qué podemos hacer? Las claves, de las que hablaré con detalle en otro momento,
así como mis compañeros de blog, son las siguientes: RIGIDEZ MORAL, LIBERTAD
CIVILIZADA, ESFUERZO Y OBJETIVO/S COMÚN/ES.
No hay comentarios:
Publicar un comentario