Hace poco comencé a leer un libro escrito por el siempre
recomendable Carlos García Gual. Éste se intitulaba Epicuro, el libertador. En él este conocido escritor da a conocer
con claridad y enorme sencillez los detalles que envolvieron la vida del
filósofo natural de Samos, así como los puntos centrales de su enseñanza,
acercando de manera muy acertada nuestro tiempo a la época helenística en la
que a este gran pensador le tocó vivir.
Este libro, en su completud, despertaba mi asombro,
curiosidad y admiración. Cada una de las palabras del mismo llegaban
directamente a mi mente reviviendo ideas que la rondaban antaño y que creía ya
extintas. En cierta página el propio García
Gual afirmaba que Epicuro representaba con total fidelidad el papel de sabio y
que ensalzaba por encima de todo las inquietudes y los valores existentes en el
período helenístico. Según dicho autor el gerente del conocido Kipos estaba enormemente preocupado por
la consecución de la felicidad y desarrolló todo un sistema ético-ontológico
con el fin puesto en la consecución de dicha meta, la cual él entendía de una
manera muy concreta. Para el pensador nacido en Samos la felicidad no era más
que la consecución del placer, pero no de cualquiera, sino
del bienestar consistente en la ausencia del dolor y el autocontrol, en
vivir una vida sin demasiadas emociones evitando constantemente el sufrimiento
y buscando la satisfacción casual de pequeños placeres.
Hasta aquí nada sería excesivamente llamativo, pues Epicuro,
como casi cualquier pensador y filósofo, estaba ligado a su tiempo y era
esclavo del mismo. Lo importante es que el sistema físico-ontológico que desarrolló servía como justificación y base de su pretensión por incitar
a todos los seres humanos a alcanzar la felicidad, es decir, era el cimiento
sobre el que podía apoyar todo el entramado ético que desarrolló a lo largo de
su vida, que incluye, sobre todo, reflexiones y consejos. Esto implica que a
Epicuro lo que realmente le importaba era ser feliz y ayudar a los demás a
serlo, considerando el conocimiento natural y físico como una disciplina de
segundo rango que sólo es útil si ayuda a conseguir la plenitud del individuo.
Hoy parece que nos hemos olvidado del sabio samio, así como de
otros tantos importantes pensadores de épocas no excesivamente lejanas a la suya
como Séneca, Epicteto o Lucrecio. Parece que se ha perdido completamente la
figura del pensador que liga todo completamente a la consecución de la plenitud
y la felicidad, y nos hemos conformado con especializarnos en pequeñas parcelas
del saber perdidos totalmente en un océano de vastísimas proporciones que se
corresponde con el mundo que nos rodea y del que, a su vez, formamos parte.
Estamos tan especializados en un ámbito concreto tratando de profundizar todo
lo posible en el mismo que no somos capaces de fijarnos con detalle en otras
parcelas del mundo que nos rodea, olvidándonos por completo de los motivos que nos
llevan a realizar dicha tarea y cayendo, en gran cantidad de ocasiones, en una
vida infeliz que tratamos de maquillar con la satisfacción de pequeños y
fugaces placeres, todo lo contrario de lo que Epicuro proponía, pues situaba la
consecución de la ataraxia por encima de cualquier otra cosa, mostrando que
no hay mayor placer que el bien-estar
o el bien-sentir.
Se ha perdido, pues, en cierto modo la finalidad del proceso
de investigación y reflexión, puesto que la mayor parte de las teorías,
explicaciones y análisis que se llevan a cabo no están dirigidos/as para servir
como sustrato para optar a la consecución de la felicidad, sino que se les da
valor por ellas mismas, estableciendo así una desconexión entre la
investigación y la ámbito moral, perdiendo así la
gracia, la sal de la que Cristo
hablaba y el sentido de la vida en un mundo que, probablemente, sea completamente
caótico: perdiendo, pues, el norte, sin saber cómo afrontar las situaciones que
se nos presentan ni cómo vivir.
Dicho esto, parece que Calvino, Lutero y buena parte de los
cambios desarrollados en el período de Reforma que se llevó a cabo en el seno
de la Iglesia a partir del siglo XVI tienen parte de culpa, pues incidían en
que el ser humano, a pesar de ser obra de Dios, era insignificante comparado
con Él, y que su destino estaba marcado por lo que el Señor decidiese, no por
su propia voluntad, quedándole únicamente el trabajo para así entretenerse
maquillando y soportando la incertidumbre que le depara el capricho divino.
Trabajar por trabajar, pues, para pasar por aquí sintiendo las menores
inquietudes posibles y esperando que Dios tenga la benevolencia de escogerlo
para lograr la felicidad eterna luego de morir.
Ante todo, y vinculado
con mi anterior entrada (“El mundo ha perdido la fe”: http://rincondeprometeo.blogspot.com.es/2017/10/el-mundo-ha-perdido-la-fe.html)
en la que mostraba la cantidad de incertidumbre que nos rodea hoy por hoy y las
consecuencias negativas que tiene dicha situación sobre nuestras vidas, considero
de extrema urgencia recuperar las enseñanzas de estos sabios y ligar la
actividad científica, literaria y filosófica, así como laboral y vital, con la
persecución progresiva de la felicidad y el intento de alcanzar la misma.