lunes, 16 de octubre de 2017

El olvido de la Felicidad

Hace poco comencé a leer un libro escrito por el siempre recomendable Carlos García Gual. Éste se intitulaba Epicuro, el libertador. En él este conocido escritor da a conocer con claridad y enorme sencillez los detalles que envolvieron la vida del filósofo natural de Samos, así como los puntos centrales de su enseñanza, acercando de manera muy acertada nuestro tiempo a la época helenística en la que a este gran pensador le tocó vivir.
Este libro, en su completud, despertaba mi asombro, curiosidad y admiración. Cada una de las palabras del mismo llegaban directamente a mi mente reviviendo ideas que la rondaban antaño y que creía ya extintas. En cierta página el propio García Gual afirmaba que Epicuro representaba con total fidelidad el papel de sabio y que ensalzaba por encima de todo las inquietudes y los valores existentes en el período helenístico. Según dicho autor el gerente del conocido Kipos estaba enormemente preocupado por la consecución de la felicidad y desarrolló todo un sistema ético-ontológico con el fin puesto en la consecución de dicha meta, la cual él entendía de una manera muy concreta. Para el pensador nacido en Samos la felicidad no era más que la consecución del placer, pero no de cualquiera, sino del bienestar consistente en la ausencia del dolor y el autocontrol, en vivir una vida sin demasiadas emociones evitando constantemente el sufrimiento y buscando la satisfacción casual de pequeños placeres.
Hasta aquí nada sería excesivamente llamativo, pues Epicuro, como casi cualquier pensador y filósofo, estaba ligado a su tiempo y era esclavo del mismo. Lo importante es que el sistema físico-ontológico que desarrolló servía como justificación y base de su pretensión por incitar a todos los seres humanos a alcanzar la felicidad, es decir, era el cimiento sobre el que podía apoyar todo el entramado ético que desarrolló a lo largo de su vida, que incluye, sobre todo, reflexiones y consejos. Esto implica que a Epicuro lo que realmente le importaba era ser feliz y ayudar a los demás a serlo, considerando el conocimiento natural y físico como una disciplina de segundo rango que sólo es útil si ayuda a conseguir la plenitud del individuo.
Hoy parece que nos hemos olvidado del sabio samio, así como de otros tantos importantes pensadores de épocas no excesivamente lejanas a la suya como Séneca, Epicteto o Lucrecio. Parece que se ha perdido completamente la figura del pensador que liga todo completamente a la consecución de la plenitud y la felicidad, y nos hemos conformado con especializarnos en pequeñas parcelas del saber perdidos totalmente en un océano de vastísimas proporciones que se corresponde con el mundo que nos rodea y del que, a su vez, formamos parte. Estamos tan especializados en un ámbito concreto tratando de profundizar todo lo posible en el mismo que no somos capaces de fijarnos con detalle en otras parcelas del mundo que nos rodea, olvidándonos por completo de los motivos que nos llevan a realizar dicha tarea y cayendo, en gran cantidad de ocasiones, en una vida infeliz que tratamos de maquillar con la satisfacción de pequeños y fugaces placeres, todo lo contrario de lo que Epicuro proponía, pues situaba la consecución de la ataraxia por encima de cualquier otra cosa, mostrando que no hay mayor placer que el bien-estar o el bien-sentir.


 
Se ha perdido, pues, en cierto modo la finalidad del proceso de investigación y reflexión, puesto que la mayor parte de las teorías, explicaciones y análisis que se llevan a cabo no están dirigidos/as para servir como sustrato para optar a la consecución de la felicidad, sino que se les da valor por ellas mismas, estableciendo así una desconexión entre la investigación y la ámbito moral, perdiendo así la gracia, la sal de la que Cristo hablaba y el sentido de la vida en un mundo que, probablemente, sea completamente caótico: perdiendo, pues, el norte, sin saber cómo afrontar las situaciones que se nos presentan ni cómo vivir.
Dicho esto, parece que Calvino, Lutero y buena parte de los cambios desarrollados en el período de Reforma que se llevó a cabo en el seno de la Iglesia a partir del siglo XVI tienen parte de culpa, pues incidían en que el ser humano, a pesar de ser obra de Dios, era insignificante comparado con Él, y que su destino estaba marcado por lo que el Señor decidiese, no por su propia voluntad, quedándole únicamente el trabajo para así entretenerse maquillando y soportando la incertidumbre que le depara el capricho divino. Trabajar por trabajar, pues, para pasar por aquí sintiendo las menores inquietudes posibles y esperando que Dios tenga la benevolencia de escogerlo para lograr la felicidad eterna luego de morir.
Ante todo, y vinculado con mi anterior entrada (“El mundo ha perdido la fe”: http://rincondeprometeo.blogspot.com.es/2017/10/el-mundo-ha-perdido-la-fe.html) en la que mostraba la cantidad de incertidumbre que nos rodea hoy por hoy y las consecuencias negativas que tiene dicha situación sobre nuestras vidas, considero de extrema urgencia recuperar las enseñanzas de estos sabios y ligar la actividad científica, literaria y filosófica, así como laboral y vital, con la persecución progresiva de la felicidad y el intento de alcanzar la misma.

domingo, 15 de octubre de 2017

SOBRE EL ESTOICISMO ACTIVO: UN PARADIGMA PEDAGÓGICO

Para aquellos conocedores de la doctrina ética estoica y, en general, para cualquiera mínimamente versado en la reflexión ética, puede sonar paradójico eso de “estoicismo activo”. ¿Acaso el “estoicismo” y toda moral no implica acción? En efecto , no obstante, con esta expresión pretendo reforzar cierta idea que esbozaré a continuación como un modelo deseable y básico de formar a nuestros jóvenes. Una forma de estar en el mundo, una manera peculiar de afrontar este hecho misterioso al que denominamos “vida”. Un punto central de la doctrina estoica originaria, la fundada por el semita Zenón es la apatía. Ésta consiste en el control o eliminación de las pasiones (depende del autor y argumentación en la que nos movamos) con lo cual, el sujeto reciba los embates que reciba de la vida, jamás se doblegará y persistirá tenaz haciendo lo que considera correcto, manteniendo su particular agenda vital. Este elemento de formar en la capacidad de soportar las imprevisibles tragedias de la vida es con el que me pretendo quedar, y rescatar de esta vieja doctrina. Siendo realistas, y admitiendo nuestra capacidad de preverlo todo, los sujetos de una sociedad fuerte tendrían que tener la capacidad de soportar el directo en términos pugilísticos que les envíe la vida para poder volver ponerse en guardia y continuar con la lucha. No obstante, el término “estoicismo activo” tiene el matiz de “activo” para diferenciarlo precisamente de todo el resto de doctrina estoica que no comparto. En base a las concepciones ontológico-metafísicas (aunque Zenón presumía de rechazo a la metasífica hoy en día podemos decir que la doctrina estoica referida al mundo es metafísica), el estoico debe resignarse al destino que le imponen los dioses, o la providencia implacable. Existe una intuición de que los sucesos que acaecen obedecen a razones que se deben aceptar, todo esto, vinculado con la concepción del Logos como Razón divina, algo similar a la clásica concepción omniabarcante (un cierto monismo) de Dios como Naturaleza. Tal elemento de resignación es lo que yo identifico como pasivo dentro (ya se ve que no es que no haya acción, sino que es una acción de resignarse admitiendo “lo que venga” por así decir). Y pretendo substituirlo por un elemento activo. El segundo componente que encajará con el anterior formando esa moral básica que denomino “estoicismo activo”. Esto es, una vez con la capacidad de soportar los embates, el elemento activo prescribirá no resignarse a ellos sino enfrentarse a los mismos con todas nuestras armas en disposición como seres heroicos que se luchan contra las adversidades. Como locos y bélicos adalides que yerguen de nuevo su espada contra el implacable e imprevisible destino. El resultado de todo esto será un paradigma educativo que forme en dos frentes: 1- Educación físico/intelectual/emocional para poder soportar las dificultades, problemas, durezas, golpes…de la existencia. 2- Educación físico/intelectual/emocional para poder hacer frente y tratar de reducir e incluso neutralizar a las mismas. Es imprescindible conectar ambos elementos, de lo contrario podríamos caer en una espiral de confort socialdemócrata que forja burbujas para que los sujetos no tengan que levantarse del sillón. Esto es, independientemente del grado de desarrollo tecnológico de la civilización, la educación debe seguir formando en las adversidades (aunque de hecho tales adversidades en lo cotidiano ya no se den), y deben seguir formando en la resolución de las adversidades (aunque en lo cotidiano no sea necesario). Con lo cual, y dado lo anterior, esta sería una visión que en efecto, aprobaría una cierta vuelta a la naturaleza, al menos para formar la capacidad de saber desenvolverse en ella, sin olvidar las urbes, obviamente. El objetivo principal de esto es ni más ni menos, que formar seres versátiles, capaces de sobrevivir, perpetuarse y dominar los máximos espacios posibles, cada cual con sus condiciones y dificultades (pensemos lo diferente que es por ejemplo, algo tan básico y sencillo como orientarse en una ciudad y hacer lo mismo en un bosque). Es por esto, y perdonen mi incorrección política, una moral imperial, una moral para un dominatur homo. Un ser que no se pone límites, que va más allá con su ideal. Un ser dichoso que levanta con orgullo su antorcha prometeica ante el mundo. "No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas". Miguel de Unamuno.

sábado, 14 de octubre de 2017

PROPIEDAD Y LUCHA EN LA INCIPIENTE ERA DE EXPANSIÓN ESPACIAL

“Somos el universo contemplándose a sí mismo” Carl Sagan. Personalmente, se me antoja que la exploración así como la expansión del espacio es una de las tareas más radicalmente prometeicas que la Civilización puede acometer. Los numerosos misterios naturales que nos aguardan, los exóticos seres vivos (si es que existen), los incontables recursos con los que seguir dominando y modelando nuestro entorno, el puro hecho de mantenernos en la aventura y la adaptación a otras situaciones… me resulta algo admirable. No considero tarea más elevada en vida que la de explorar, investigar y entender la totalidad de la realidad, para tratar de dar con el resorte natural o inteligente que lo inició todo. Y finalmente, cumplir nuestro sueño prometeico de una realidad más agradable y dichosa donde vivir. La exploración y expansión espacial nos proporcionaría un creciente dominio sobre la energía que todo sistema social desarrollado precisa para engrandecerse. A este respecto, el astrofísico ruso Nikolái Kardashov elaboró una interesante taxonomía de sistemas sociales que resulta esclarecedora. La escala de Kardashov mide el grado de evolución de una sociedad en función de la cantidad de energía que ésta es capaz de dominar. Originalmente, el ruso estableció tres etapas: Etapa I: Una civilización que es capaz de aprovechar toda la potencia disponible en un único planeta, aproximadamente 1016 W. Etapa II: Una civilización que es capaz de aprovechar toda la potencia disponible de una única estrella, aproximadamente 1026 (lo más normal sería la estrella de su sistema planetario). Etapa III: Una civilización que es capaz de aprovechar toda la potencia disponible de una sola galaxia, aproximadamente 1037 W. Existen autores que continúan la escala postulando el dominio de la energía total del cosmos, de la energía del conjunto de los universos (dado que existan multiversos)…Lo interesante de estos dominios tan elevados e energía es que quizás como algunos estudiosos afirman, las sociedades lleguen a ser indistinguibles de lo que entendemos por “leyes naturales” o puedan llegar a transformarlas. No obstante, la exploración y expansión por el espacio puede que no sea un camino de rosas. Y ese es exactamente otro punto, además del gnoseológico, por el que esta empresa puede ser útil para los humanos. El hecho de comprobar que pueden existir enemigos, esto es, seres inteligentes, animales, o fenómenos naturales que pueden ser hostiles para nuestra vida, nos haría despertar del sueño dogmático buenista en el que nos encontramos inmersos. Sueño dogmático buenista que dicta algo así como que existen una serie de valores universales como el “respeto”, o la “tolerancia” que son autoevidentes, que nadie “racional” puede negar, así como que lo primero es la “razón” y lo último la “fuerza”. Pues bien, el hecho de vernos inmersos en un nuevo umwelt (mundo ambiente o entorno vital), como diría el filósofo y biólogo alemán Von Uexkull, nos proporcionaría el escenario para poner de nuevo todas nuestras capacidades de racioncinio, voluntad, tenacidad, control de pasiones…a prueba, y poder hacer frente a situaciones nuevas e imprevistas y encontrar la solución para dominarlas constituiría una forma óptima de seguir conservando y expandiendo nuestras capacidades de supervivencia como especie. Porque justamente lo que nos ha hecho llegar hasta aquí es en gran medida, la conjunción entre mecanismos fisiológicos (el cuerpo) y culturales para poder hacer frente a problemas del entorno y encontrar solución. De seguir con un sistema social totalmente pasivo y desinteresado, nuestras capacidades como especie se acabarán atrofiando. Porque para comer, relacionarse y reproducirse no se necesitan tanto. Además de este escenario de prueba de fuego para nuestra especie, en la que poner demostración todo nuestro ingenio está el problema de las otras naciones. Esto a escala espacial nos conducirá a despertar de otro sueño dogmático buenista, a saber, que la propiedad corporal y capital es algo autoevidente y que todo ser “racional” lo respeta. Pues bien, podrá perfectamente llegar el momento en que cierto territorio X se disputado entre dos potencias A y B y suceda que A diga: “Esto es mío”. A lo B podrá responderle: “Discrepo”. Con lo cual, las soluciones en general serían: 1-Una repartición compartida de la propiedad producto del equilibrio de poder entre potencias u otros factores, 2- Que una de las dos potencias ceda, 3- La lucha. En cualquier caso, estos escenarios nos harán ser seres más fuertes y conscientes de que nuestros malabarismos linguisticos y metafísicos acerca de “derechos universales” y demás no son más que palabras vacuas que pueden ser llevadas por el viento de la espada. Y conectando con otro de mis artículos acerca del “Modelo liberal y la doma de los hombres”, esta empresa espacial nos hará por tanto, en cierta medida, liberarnos de la doma física y psíquica a la que nos han sometido. Como último apuntamiento me gustaría señalar el modelo de sistema social que me parece más logrado para realizar este sueño espacial. Me parece que el óptimo sistema sería un sistema imperialista cosmopolita-universalista. Esto es, un sistema que comprenda diferentes territorios, especies, razas y culturas, y que las respete en tanto que elementos potencialmente valiosos, pero que asimile todo ello bajo unos Principios comunes bajo los cuales se juegue el juego de la Civilización. Me parece que la metáfora que más se aproximaría el Imperio Romano, o el Imperio de Alejandro. Esto es así porque, teniendo en cuenta que en gran medida, las culturas, razas y especies, no son sino diferenciaciones producto de la adaptación vital de los seres a su entorno, la Civilización puede verse enormemente beneficiada por estos conocimientos especializados y diferentes. No obstante, para que todo fluya de forma razonablemente eficiente, se necesitan mantener unos marcos dogmáticos que limiten la acción y que permitan mantener el orden, la seguridad, el creciente dominio energético…y demás cosas que permitan que la Civilización se desarrolle. "Hombre libre es aquel que, en aquellas cosas que puede hacer en virtud de su propia fuerza e ingenio, no se ve impedido en la realización de lo que tiene voluntad de llevar a cabo." "Las nociones de rectitud e ilicitud, justicia e injusticia, no tienen lugar en la guerra." Thomas Hobbes.

Prometeo: de la antigua Grecia a la Modernidad

Como no podía ser de otra forma, iniciaremos nuestra trayectoria intelectual en el Rincón de Prometeo, especulando sumaria pero profundamente sobre la figura mitológica de Prometeo. Y es que existe una fuerza en esa figura que la distingue de las demás, una fuerza que nos atrae e impulsa a la acción: la superación. A mi juicio, Prometeo es la figura del sacrificio y la superación. La mitología nos dice que este ser era hijo de un titán cuyo nombre era Iápeto. Su trayectoria se jalona con dos sucesos clave. La primera es el engaño denominado de Mecona, llamado así por el lugar donde supuestamente sucede. Aquí, los hombres se disponían a realizar un sacrificio en honor a Zeus. Prometeo intervino en beneficio de los hombres diciéndoles que hicieran dividiesen el sacrificio en dos partes, en una estarían las partes menos útiles para alimentarse del animal sacrificado y en la otra las partes más suculentas. El objetivo de Prometeo, era que Zeus escogiese las partes del sacrificio animal más despreciables quedando los hombres con las partes cárnicas para su sustento. Tras esto, Zeus se entera y castiga a los hombres retirándoles el fuego. Prometeo interviene de nuevo en favor de los hombres y roba el fuego a los dioses para devolvérselo a los hombres. Tras esta acción, Zeus castiga tanto a Prometeo como a los hombres. Al primero le condena a una existencia durante 400 años donde un águila le devorará el hígado que renace diariamente para ser de nuevo devorado. Al hombre, lo castiga con la mujer, ser con el que ni se puede vivir sin él ni con él. Tras este mito, quizás se pueda observar cierta reticencia cultural socio-política del antiguo pueblo heleno al progreso. En efecto, esta actitud tan moderna no existía al menos, de forma colectiva en la antigua Grecia, donde culturalmente dominaba el modelo temporal circular, donde todo se repite, y todo avance deriva en decadencia. Esto es bien conocido por los intelectuales, lo que no es tan conocido o reflexionado es el hecho de que esto no implica una total ausencia de la idea de progreso-mejoría-desarrollo en la antigua Grecia. Lo que sucede es que debemos buscar esta idea a nivel individual, no a nivel colectivo. La época Moderna (s. XVI d.C. en adelante) se caracteriza por un marcado espíritu de superación, la burguesía, el desarrollo de la técnica, la ingeniería, el método científico…hicieron de los siglos posteriores a la Edad Media una época espiritualmente prometeica. En la Antigüedad como comentaba, también existe en cierta medida esta idea prometeica, pero a nivel individual, no social. Quizás justamente, porque se confiaba en que el progreso se podría dar en la corta vida de un individuo pero no a lo largo de los siglos de un estado-nación, debido a esta idea de la circularidad. ¿Acaso no habla Platón de alcanzar una sociedad para él “perfecta”? En ese caso está indicando que el estado político-social de su tiempo es imperfecto y que debe ser mejorado. ¿Acaso no menciona la famosa máxima helénica “Conócete a ti mismo”? De nuevo ahí existe un marcado matiz de conocimiento en orden a la mejoría personal. En definitiva tendríamos otros tantos ejemplos, desde luego la confianza en el progreso personal en los griegos es incontestable, no en vano fueron el pueblo de la paideia, una de las concepciones educativas más sólidas y profundas. Por otro lado, lo que me interesa señalar especialmente es el hecho de que ese progreso individual en la antigua Grecia tenía un matiz mucho más ambicioso, parece como si fuese un intento de acercarse a los dioses. Adquirir una mentalidad y físico fuertes, para hacer frente a los embates del destino. Por otro lado sin embargo, aunque en la Modernidad esta idea de progreso se populariza, también se masifica y se torna demasiado primitiva. Pierde su carga elitista y pasa a ser un mero progreso técnico-social, no se habla tanto (aunque existen excepciones) de la ambición de asemejarse a los dioses. El progreso debe ser simplemente una mejoría en ingeniería que nos permita producir más, o comerciar más, o viajar más rápido por ejemplo. Se adecúa por tanto a las pasiones básicas de los sujetos. Mi apuesta, arriesgada y ambiciosa, sería la de aunar ese espíritu prometeico individual de los antiguos helenos con el sentido pragmático del desarrollo técnico moderno, obteniendo así una relación de retroalimentación entre el desarrollo social y el individual que nos permita como Civilización lograr las empresas más elevadas, yendo más allá de los instintos básicos y tratando de alcanzar respuesta a nuestra existencia así como lograr el total bienestar.

PAIDEIA O LA AMBICIÓN DE FORTALEZA FÍSICA E INTELECTUAL

Nos servirá para adentrarnos en el tema de la educación, la introducción de Werner Jaeger en su clásica obra Paideia: los ideales de la cultura griega, ya que nos indica de forma sintética aquellos puntos esenciales que pueden caracterizar a esta. Con paideia, se denota a la antigua formación del hombre Griego. Esta formación se desliga de la sesgada idea que tenemos hoy en día con la noción de educación. La paideia es una formación integral del ser humano, que atañe con igual importancia al cuerpo y al espíritu. Jaeger destaca que el término alemán que más se acerca es bildung, acepción muy similar a la griega en tanto que destaca el elemento de configuración o de modelación, propio de una cultura tan artística como lo fue la antigua Grecia. Podemos por tanto, hacernos una primera idea de la paideia como la formación física y espiritual de un individuo, entendiendo por espiritual lo referente a la psique, el intelecto. A continuación, Jaeger pronuncia palabras contundentes que sirven para comprender la importancia que tiene la paideia y que a veces no se le hace justicia. Así pues, afirma: “La historia de aquel que, con plena conciencia podemos denominar nosotros como cultura, no empieza antes de los griegos” . De este modo, Jaeger hace una conexión directa y general entre la paideia y la cultura. Siendo la cultura un concepto tan general, y que a todos atañe, se evidencia la importancia de la aseveración. Se intuye por tanto, que la paideia no es un concepto teórico relativo a una actividad más, sino que es un concepto nuclear para comprender lo que denominamos cultura occidental. Así pues, no es el egoísmo individualista moderno que se desliga del estado lo más propio del legado Griego antiguo, sino la confianza en el ser humano, como ser que puede ser modelado para ser cada vez mejor, idea que se plasma a la perfección con el sentido de su educación: la paideia. En la Grecia arcaica, en un contexto campesino ajeno a las polis y su legislación, la primera educación se presentaba posiblemente bajo imperativos de transmisión oral de valores y normas. Asertos de moralidad y reglas que sugerían prudencia como: “en la medida está lo mejor”, que a su vez nos recuerda al término medio aristotélico, ya que como veremos, tanto Platón como Aristóteles recogen muchas de las concepciones de la Grecia arcaica. Esta primitiva educación estaba también relacionada con la techné, el conjunto de conocimientos necesarios para la realización de algo. Podemos hallar esta sabiduría popular y sus consiguientes reglas de conductas cargadas de supersticiones en la poesía rural de Hesíodo. Pero adentrándonos más en la antigua educación Griega, debemos destacar que servía para la formación de un tipo ideal, que por tanto estaba reservada a una pequeña clase social, que eran los nobles. Así, afirma Jaeger: “La historia de la formación griega… empieza en el mundo aristocrático de la Grecia primitiva con el nacimiento de un ideal definido de hombre superior”. Al ser una educación propia de la aristocracia, servía para marcar las diferencias sociales entre los nobles y los demás. Esta diferencia, que es además el concepto esencial de la educación primitiva griega es la areté. Nuestro término virtud no nos servirá para aprehender su significado originario. La arete, propia de la nobleza, se caracteriza por una conducta selecta unida a un heroísmo guerrero. Homero es el gran representante de la cultura aristocrática helénica. Con sus obras capitales, la Odisea y la Ilíada, Homero expresa de forma poética los ideales de la antigua aristocracia griega. La areté, no solo era aplicable a los seres humanos, para decir que eran excelentes, sino que era aplicable a seres no humanos como dioses, o buenos caballos. Así, según nos dice Werner Jaeger, los dioses homéricos podrían ser comprendidos en términos de nobles inmortales. Por supuesto, los hombres ordinarios, así como los esclavos carecen de areté. Se puede precisar también por arete, aquello que es la fuerza que constituye la perfección de algo. Esto está muy ligado al vigor físico, ya que se valoraba en gran medida en estos tiempos. Es necesario referir también, que este concepto de areté, al contrario que sucederá con la irrupción de Sócrates en la filosofía, carecía de valor moral. No era en absoluto equivalente a bueno, si acaso, a un ser excelente. Por tanto, ahora es imprescindible conocer que entendían estos hombres por excelencia o como se alcanzaba dicha excelencia. El combate y la victoria que se obtiene del combate es la forma predilecta para obtener arete. El ejemplo paradigmático de individuo con arete es Aquiles. Pero su maestro, Fénix, sentencia unas palabras acerca de esta educación aristocrática que arrojan gran luz al asunto: “Para ambas cosas, para pronunciar palabras y realizar acciones”. Estas palabras pronunciadas al respecto de la educación, nos muestra que no era un concepto tan rudo, que si bien denotaba un claro elemento de acción bélica, por otro lado, denotaba una nobleza de espíritu.

EL MODELO LIBERAL Y LA “DOMA” DE LOS HOMBRES

EL MODELO LIBERAL Y LA “DOMA” DE LOS HOMBRES ÓSCAR PENA ORO Tal y como puede advertirse fácilmente, un servidor no comparte muchos de los postulados del famoso pensador Friedrich Nietzsche. La más importante de las diferencias, es que el alemán no concebía ningún tipo de fin o ideal más allá del mero vivir asumiendo de forma trágica la fatalidad que es la vida. Mi postura es, al contrario, radicalmente prometeica, radicalmente teleológica. El fin para mi debe ser el de desarrollarnos como Civilización para alcanzar cotas cada vez mayores de conocimiento y dominio del cosmos que nos permitan responde a cuestiones que considero esenciales: ¿Por qué el Ser? Y, aún más, ¿Debería ser el Ser? Sin embargo, y sin resultar aporético, coincido con el citado pensador en relación a un par de tesis: 1- El principio en el Ser humano así como en el resto de cosas es la fuerza/capacidad de acción/poder/energía… y no la inteligencia. Más bien, la inteligencia no es sino un modo o manifestación de la fuerza. Esta es por otro lado, una forma más realista de comprender el intelecto humano, no como una bendición otorgada para la frivolidad, sino como un arma con la que el hombre pudo sobrevivir y convertirse en el súper-depredador que domina el mundo. 2- No existen hechos morales, sino posiciones morales. Son creaciones culturales humanas concebidas para diversos objetivos. Suponiendo que una moral determinada se extendiese a toda la población, seguiría sin probar la existencia de hechos morales, sólo probaría una determinación o limitación vital en ciertos seres. La predicación de propiedades tales como “valioso” o “desvalioso” de entidades naturales es una aportación humana a la observación. Lo que podría constituir un hecho es el que un sujeto defienda una posición moral o tenga una determinada moral. Pero eso no implica que esa moral sea un hecho del mundo, independiente de los sujetos. Dada una capacidad libre y total de formular juicios, los valores son contingentes. A modo de derivación secundaria del punto 2, Nietzsche habla de lo que constituye la reflexión principal de este texto: el modelo liberal y la doma de los hombres. El modelo liberal ha triunfado en el mundo, tanto con sus aspectos que considero negativos como positivos, así como en sus versiones menos intervencionistas (liberalismo clásico) como en sus versiones más intervencionistas (social-democracia, neoliberalismo). Principalmente, consiste en fundamentar la sociedad bajo el auto-interés mutuo o egoísmo en la defensa de la propiedad privada (corporal y capital). A partir de este egoísmo mutuo por proteger la propiedad, se hace innecesario ideologías paradisíacas, lealtad al estado…todo lo hace el propio egoísmo instintivo humano. Pero claro, esta actitud vital puede llegar a exceder los límites de lo legal y permitido en cualquier sistema liberal: la propiedad. Para eso, es preciso educar y crear individuos pensados para que protejan la propiedad y para que consuman y oferten propiedades y así también contribuyan al mercado. Esto conduce a un sistema en el cual, el fomento de las capacidades intelectuales y físicas no tiene un papel especialmente importante, por no decir, ninguno. El individuo ideal para el sistema liberal sería el que: 1- respeta la propiedad, 2- apoya el mercado por medio de la compra de bienes y servicios y 3- paga sus impuestos. Es por esto que Nietzsche detesta el estado liberal burgués moderno. No por su desigualdad, crítica típicamente socialista. Sino justamente por lo contrario, porque tiende a un igualitarismo mediocre en el que los individuos se ablandan y debilitan progresivamente sumidos en un hedonismo frívolo. Un modelo que crea una sociedad de ganado, progresivamente más estúpida (como algunos estudios atestiguan por medio de la demostración de que los individuos más deficientes procrean en mayor cantidad) así como físicamente más inútil. “El democratismo ha sido en todas las épocas la forma de decadencia de la fuerza organizadora: en Humano, demasiado humano, I, 318, ya he caracterizado la democracia moderna, junto con sus medias tintas, por ejemplo «Reich alemán», como expresión de la ruina del Estado. Para que haya instituciones, tiene que haber una especie de voluntad, instinto, imperativo, antiliberal hasta la maldad: la voluntad de tradición, de autoridad, de responsabilidad por siglos enteros, de solidaridad de cadenas de generaciones hacia delante y hacia atrás in infinitum. Si se da esa voluntad, se funda algo como el imperium Romanum: o como Rusia, la única potencia que tiene actualmente duración en el cuerpo, que puede esperar, que todavía puede prometer algo” . Para el alemán, la permisividad inconsciente de cualquier libertad negativa (como preferencia de los sujetos) junto al modo de vida “suave” burgués, no hacía más que debilitarnos. Y por eso, le resultaba repulsivo. “nuestro «progreso»— constituye solo una de la consecuencias dentro del general amenguamiento de la vitalidad: cuesta cien veces más esfuerzo, más precaución, sacar adelante una existencia tan condicionada, tan tardía. Ahí nos ayudamos unos a otros, ahí todos somos hasta cierto punto enfermos y enfermeros. […]Nuestra suavización de las costumbres —ésta es mi tesis, ésta es, si se quiere, mi innovación— es una consecuencia de la decadencia; la dureza y la terribilidad de la costumbre pueden ser, a la inversa, una consecuencia de la sobreabundancia de vida: en efecto, entonces es lícito también arriesgar mucho, desafiar mucho, dilapidar también mucho. Lo que antes era la sal de la vida, para nosotros sería veneno…” . A esto es a lo que se refería con “doma”. “En todas las épocas se ha querido «mejorar» a los hombres: esto sobre todo es lo que significaba «moral». Pero bajo la misma palabra está escondida la más diferente de las tendencias. Tanto la doma de la bestia hombre como la cría selectiva de una determinada especie de hombre se han denominado «mejora” . Y continúa: Denominar a la doma de un animal su «mejora» es a nuestros oídos casi una broma. Quien sabe lo que sucede en las casas de fieras duda de que en ellas la bestia sea «mejorada». Se la debilita, se la hace menos dañina, se convierte, mediante la emoción depresiva del miedo, mediante el dolor, mediante las heridas, mediante el hambre, en una bestia enfermiza. No otra cosa sucede con el hombre domado, a quien el sacerdote ha «mejorado». Estoy lejos de reclamar un retorno a un supuesto idílico estado natural, pero asimismo lo estoy de una negligente permisividad que ponga en compromiso nuestra fortaleza e ingenio. Lo que entiendo que debe ser la especie humana: una especie ambiciosa por desarrollarse y crecer física y mentalmente para expandirse. Y no una panda de reses ávidas de las meras necesidades básicas de cualquier alimaña: nutrición, relación y reproducción. De esto modo, lo que propongo es una libertad civilizada, que comprenda una protección de la propiedad y asimismo proporcione un canon de protección y desarrollo de las capacidades humanas que nos permita asegurarnos una digna evolución de nuestro intelecto y fuerza.

lunes, 9 de octubre de 2017

El mundo ha perdido la fe




Parecía, hace aproximadamente cinco siglos, que el género humano podría alcanzar la plenitud algún día y desarrollarse de forma plena. Los avances que se producían en diversas áreas científicas, así como las especulaciones sobre el futuro avance de las mismas, parecían librar al ser humano de todos sus males, o al menos abrir dicha posibilidad en un futuro no muy lejano.

Hoy, ya en el siglo XXI, la situación, aunque no alarmante, tiene poco que ver con la promesa que se nos presentaba o abría antaño. A pesar de la gran cantidad de ventajas con las que vivimos, las cuales nos permiten a muchos desarrollarnos con comodidad, al menos materialmente, no parece, ni mucho menos, que nos hayamos hecho con la fórmula para solventar nuestros más profundos problemas. Aunque muchos vivimos bajo un techo, comemos varias veces todos los días, gozamos de un cómodo acceso al agua potable, contamos con la garantía de ser educados y nos son reconocidos una gran cantidad de derechos, la verdad, es que no estamos ni cerca de librarnos de todos nuestros males, pues estos continúan golpeando con fuerza.

Gran cantidad de personas no gozan de las ventajas a las que antes he hecho mención, y estas mueren con más pena que gloria por desnutrición, deshidratación y diversas enfermedades causadas, en su mayoría, por falta de higiene. He aquí, pues, una prueba de que el ser humano no se ha librado de todos sus males, y es que parece que el avance que se produce de la mano de diferentes disciplinas no tiene impacto alguno en la mayor parte de la población humana.

Ahora bien, los hombres y mujeres con acceso a lo comentado en el segundo párrafo tienen igualmente una cantidad enorme de problemas. La mayoría, sino todos, presos de un sistema monetarista, aunque con maquillajes humanitarios, están sujetos como las agujas de un reloj y giran sin cesar por la fuerza que ese sistema tan complejo -el reloj- ejerce sobre ellos, es decir, que actúan continuamente forzados por el sistema en el que les ha tocado vivir, el cual, parece insustituible dada la complejidad que ha adquirido a lo largo de los siglos, quizá como escudo para no ser sustituido por otro, pues al crear un complejo con tantas piezas y relaciones entre las mismas crea también dependencias entre los seres humanos, las cuales, aunque teóricamente podrían desaparecer, en la práctica no, sino que deberían sustituirse, ya que sus vidas se verían negativamente afectadas.

Esta situación se ve agravada porque dichas personas parecen no tener la capacidad de marcarse objetivos fijos, ni tampoco paciencia para luchar dentro de un proceso largo y costoso para conseguirlo, sino que lo que buscan alcanzar pretenden obtenerlo de forma rápida y poco trabajada. Al chocarse de bruces con la realidad y darse cuenta de que conseguir cualquier cosa en la vida implica un esfuerzo importante, caen en un sentimiento de frustración, así como de inestabilidad, pues cuando creen que una cosa concreta se puede conseguir fácilmente, rápido se percatan de que no es posible, y que los grandes objetivos han de labrarse con sudor y esfuerzo, con yihad, como diría un auténtico musulmán.

Por otra parte, el sistema es cambiante, pues aunque el mercado es la piedra angular del mismo, este mismo está en constante movimiento, pues dependiendo del período y las circunstancias los productos y servicios a mercadear cambian, así como el perfil de los profesionales especializados en dichos bienes y prestaciones, los cuales, aunque estén altamente cualificados en un área concreta, serán apartados del mercado laboral en cuanto las circunstancias lleven a ello. Son, pues, reemplazados como los tornillos viejos de una mesa. Esto genera una enorme incertidumbre y ansiedad en dichas personas, pues al ser conscientes de que viven en un sistema caprichoso, dinámico y cambiante no son capaces de imaginar qué les depararán sus vidas en un no muy largo período de tiempo.

Se junta, pues, la frustración, la ansiedad, la inestabilidad emocional y la incertidumbre, lo que hace que retome lo dicho en los primeros párrafos, a saber: que el ser humano no se ha librado de sus males en absoluto. A este aspecto se juntan otros tres también de vital importancia: el moral, el científico y el religioso.


Con respecto al primero de estos factores, el moral, cabe señalar que dada la situación cambiante a la que estamos sometidos no sabemos cómo tratar a los demás, pues el que hoy está en la cima de la cadena de compra y venta mañana podría estar en el puesto más bajo de la misma. Esto implica que, en muchas ocasiones, los individuos, aun a su pesar y sin quererlo realmente, traten extremadamente bien a los demás en ciertas ocasiones para que estos en el momento en el que necesiten algo los primeros se acuerden del buen trato recibido. Por otro lado, existe otra actitud moral muy presente que parece entrar en contradicción con la previamente expuesta y causarle al sujeto ciertos dilemas. Muchos se preocupan exclusivamente por alcanzar su estabilidad y tratan siempre a los demás como medios u objetos para la consecución de dicho fin, sin importarles en absoluto su situación, sus sentimientos, etc.

En relación al factor científico el problema es el que sigue: la ciencia se fundamenta en la creencia en que el ser humano puede conocer y explicar el mundo que le rodea a partir, sobre todo, de la recopilación de evidencias sensoriales. Pero, cabe destacar que, aunque la ciencia es una de las disciplinas más excelsas, beneficiosas y productivas que el género humano ha parido, sino la más, sus explicaciones no son absolutas, sino parciales y falibles, como bien se ha hecho ver durante, sobre todo, el siglo XX, de la mano de las reflexiones y el trabajo de científicos y filósofos de renombre, como Neuräth, Popper, Einstein, Kuhn, etc. Algo que puede iluminar ahora esta situación adecuadamente es la metáfora del primero de estos, según la cual la ciencia es un barco que se va reparando y perfeccionando a la vez que va navegando. Si la ciencia se repara es porque no funciona al 100 % y porque no es capaz de explicar todo con suma certeza, lo que genera, al fin y al cabo, una sensación de inseguridad con respecto a lo que se conoce y se puede conocer, que remite, a su vez, a la pregunta por excelencia para el científico: ¿cómo funciona el mundo?

Tocando ya el último factor, el religioso, cabe distinguir lo siguiente: la religión, como bien sabemos todos, se constituye como un sistema de orientación que, a su vez, se fundamenta en una serie de creencias o dogmas, los cuales, tratan de dar una explicación total del funcionamiento del mundo, del origen del mismo y de la relación con él, aunque, obviamente, carecen del carácter preciso y riguroso de las explicaciones científicas. Hoy, dada la influencia y la importancia de la ciencia, así como la capacidad de la que disponemos en gran cantidad de ocasiones para vivir bien, la religión ha perdido mucha fuerza y adeptos. Ya sea por lo anterior, como también por ser considerada una suerte de fantasías y dogmas sin fundamento entrelazados, y por introducirnos en paradojas y aporías de muy compleja solución. Y es que las religiones, al menos las más conocidas, no se adecuan al mundo en el que vivimos, pues permanecen estáticas y rígidas, atrapadas en unas fórmulas que no les permiten actualizarse, lo que, a su vez, les quita toda la capacidad para orientar, y provoca que las mismas sirvan exclusivamente para hacer las cosas más complicadas, lo que parece un auténtico suicidio. Para cualquier religión es necesario, pues, cambiar, lo que permitirá que pueda servir de guía y de orientación para la vida de muchas personas, si es que estas optan por la opción religiosa. Y una de las formas de cambiar es dejar de criticar y atacar a la ciencia, sirviéndose de ella para pulir conceptos que en otro momento histórico eran presentados de forma diferente.

Ante el panorama, pues, ¿qué se puede esperar de nosotros?, ¿qué podemos hacer? Las claves, de las que hablaré con detalle en otro momento, así como mis compañeros de blog, son las siguientes: RIGIDEZ MORAL, LIBERTAD CIVILIZADA, ESFUERZO Y OBJETIVO/S COMÚN/ES.




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